Maresía

Maresía de Miguel Ángel Díaz Pintado

2016

Maresía es una palabrilla que encontré hace ya muchos años en los arenales de las salinas de San Pedro.
Estaba escrita en el rincón de un viejo cartel medio escondido que hablaba de no sé qué cosas sobre el
viento, el mar y la sal. Parecía aburrida y tenía el aspecto mustio y triste que tienen las palabras que no
han sido leídas en mucho tiempo. El cartel en el que vivía estaba descolorido y cuarteado por el sol y todo
indicaba que de un momento a otro se vendría abajo sin remedio.
Maresía me gustó en cuanto la leí. Quizá fuese que su apariencia de abandono y soledad despertara en mí
un olvidado instinto de protección; quizá porque me cautivara aquella historia acerca de una brisa suave y
fresca que llevaba, incansable, finas gotas de agua salada tierra adentro; o quizá solo fuese que me hizo
revivir ese pequeño placer de pasear por la playa y recibir, de forma inesperada, una caricia fresca en un
soplo de aire. Sin pensarlo dos veces, con un impulso, la adopté de inmediato como mi palabra preferida.
Desde entonces Maresía y yo somos inseparables y hemos hecho juntos grandes cosas. Para conocerla
mejor recorrí a pie, paso a paso, todos sus dominios y Maresía siempre me aliviaba con su frescor en los
duros momentos de sofoco. En verano a veces voy al amanecer a la playa y espero hasta que despierta. Y
entonces le cuento cosas, cosas que no le he contado nunca a nadie. Y ella me escucha en silencio, sin
querer perder detalle. Todos los años, cuando hablan de la palabra más bonita, yo me digo a mí mismo con
un íntimo orgullo: ¡la mía es más bonita. Maresía, Maresía es la palabra más bonita del castellano!
Pero Maresía es un poco pesada, no tengo más remedio que reconocerlo. Poco tiempo después de haberla
adoptado empezó a pedirme que le escribiera un cuento, un cuento en el que ella fuese la protagonista. Yo
le decía que no sabía escribir cuentos, que nunca los había escrito y que cómo se le ocurría pedirme una
cosa así. Pero nunca se conformó del todo y de vez en cuando salía con lo mismo. ¡Venga insistir, venga
insistir! El colmo fue al enterarse, no sé cómo diablos, de que había ido a aprender a escribir. Entonces
volvió a la carga con ímpetu renovado. Sin parar, día y noche, estaba con la misma cantinela: que le
escribiera un cuento, que le escribiera un cuento… Yo no sabía qué decirle ya para que se callara y se
conformara. No me dejaba dormir ni concentrarme en mi trabajo y llegué a pensar en abandonarla. Hasta
que una noche, en pleno sueño, Maresía me despertó intempestiva y me dijo que tenía una idea: su cuento
se llamaría «Maresía, la palabra que quería que le escribiesen un cuento”.

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