Sandokan Emilio Salgari 78 pesetas
2019
Por Miguel Ángel Díaz Pintado
“La Casualidad tiene sus argumentos, III”
© Fundación Trinitario Casanova
Ese lunes, al llegar a la librería Virgen de los Reyes, Manuel detuvo su camino. Acercó su cara al
escaparate y comprobó que el libro seguía allí: Sandokán y Emilio Salgari, dos nombres escritos en
grandes letras blancas sobre una tapa de cartulina verde. En el centro, una ilustración de un pequeño barco
de vapor que navegaba por un rio, y en el que varios piratas disparaban contra un cocodrilo, le anunciaba
la aventura que tanto ansiaba disfrutar. Encima del libro, en un trocito de papel cuadrado, se podía leer el
precio: “78 pesetas”.
—Ya solo quedan dieciséis días más. ¡Aguanta Sandokán, aguanta, solo dieciséis, pronto estaremos
juntos! —dijo acercándose aún más al cristal y hablándole al libro como si pudiera oírle.
Manuel había pensado un plan y lo llevaba a cabo con decisión: ahorraba tres pesetas con su ayuno en el
instituto. Llevaba diez días ya sin desayunar y en dieciséis más lograría reunir las setenta y ocho pesetas
que costaba el libro. Sin dejar de mirarlo, se colocó la mochila sobre su cabeza y antes de reanudar su
caminata de vuelta a casa se despidió:
—Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas, ¡dieciséis días!
Cerca de casa tomó un desvío para pasar por la puerta del taller del pintor. En el bajo de un edificio, Pedro
trabajaba con la persiana levantada para que entrara la luz y quedaba a la vista de los que pasaban por allí.
Cuando llegó, Manuel bajó la mochila de su cabeza, la colgó al hombro y se quedó absorto mientras
miraba en silencio cómo aquél hombre, al que tenía por un gran artista, pintaba el paisaje de montaña que
le había visto hacer tantas veces.
Pedro lo miró y sonrió al observar la fascinación del niño cuando punteaba con el pincel, untado en óleos
verdes y ocres, las brillantes hojas de los abetos sobre el fondo negro del bosque.
—¿Cuándo va a pintar el cervatillo? —preguntó Manuel.
—¿Otra vez, Manuelillo?, ¿cómo me preguntas siempre lo mismo?
—Ya, lo sé, pero… ¿falta mucho? —insistió.
—¡Quillo!, ¡si ya sabes que eso es lo último, Manuel! —adujo con paciencia Pedro.
—¿Por qué tiene que ser lo último? El cervatillo es muy importante y lo podría pintar antes.
—¡Manuelillo, que primero hay que pintar el bosque, hombre! —contestó el pintor con una sonrisa —,
para que pueda correr y encontrar un sitio donde crecer y vivir, ¿comprendes?
Manuel no pareció muy convencido con aquella explicación y puso de nuevo la mochila sobre su cabeza.
—Bueno, pero… ¿mañana empezará a pintarlo? —se despidió mientras comenzaba a caminar de nuevo.
Minutos después llegó al portal de su casa. “¡Que no esté, que no esté!”, pidió para sus adentros. Al
entrar buscó con la mirada a Francisco. “¡Jo!, ¡el gordo!” pensó con fastidio al verlo embutido en su
minúscula garita de vigilante, con la cabeza gacha y la vista fija en el periódico. Nunca lo había oído
hablar y eso a Manuel le inquietaba. Se le antojaba que Francisco era como una estatua horrible que le
había asustado una vez en la entrada de una catedral. Pensaba que la única misión de aquel portero
inflexible era hacer que se cumpliese a rajatabla lo que decía una placa metálica en el ascensor:
“Prohibido el uso a menores de 14 años no acompañados”. Miró a Francisco y probó suerte, retándole. Se
dirigió hacia el ascensor hasta que el portero, sin levantar la vista del periódico ni decir una sola palabra,
emitió su veredicto:
—¡Chist, chist, chist…!
Manuel resopló contrariado y renegó por aquella prohibición que le parecía estúpida y absurda. Dio media
vuelta y subió por las escaleras los cuatro pisos hasta su casa, al tiempo que en su interior lanzaba un
desafío: “¡Cuando no estés subiré por el ascensor y no podrás impedirlo!
De vuelta a casa desde el instituto Manuel ponía sobre su cabeza la mochila llena de libros, cuadernos,
bolígrafos y lápices que utilizaba en las clases y caminaba sin sujetarla con las manos. Se sentía orgulloso
por lo que creía era un don y observaba que a veces los adultos le miraban de una forma que él
interpretaba como una señal de admiración.
En su camino comprobaba todos los días que Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas seguía esperándole,
paciente, en su rincón de la librería Virgen de los Reyes, y él, a su vez, le informaba de los días que
faltaban para estar juntos: doce, ocho, cinco, tres…; cada día veía cómo el cuadro se poblaba de pinos y
abetos, se llenaba el lago glaciar con sus aguas gélidas y cómo Pedro completaba ese mundo alpino que le
gustaba tanto; y terminaba su recorrido cuando perdía sin remedio el pulso con Francisco, guardián del
edificio, y subía por las escaleras los cuatro pisos hasta su casa.
Manuel había descubierto desde pequeño que los libros le hablaban de héroes extraordinarios y de
aventuras insólitas que leía con voracidad, y que los cuadros le mostraban lugares remotos y fascinantes
con los que soñaba incluso despierto. Entre los cuadros y los libros Manuel construía un mundo de
fantasía, alejado de aquel otro incomprensible de los mayores, en el que él era el héroe que vencía con su
esfuerzo los obstáculos, ganaba las batallas y los retos y conseguía tesoros como premio, y en el que, casi
sin darse cuenta, a veces encontraba respuestas a preguntas e inquietudes que bullían en su cabeza y en su
corazón de niño.
Pero el mundo real de Manuel distaba mucho del de sus fantasías. Vivía desde muy pequeño rodeado de
carencias y dificultades. Era consciente de que su familia pasaba con frecuencia por situaciones que no
podía comprender, y de las que no entendía las razones por las que se producían ni cómo se solucionaban;
comprobaba además que a sus compañeros y amigos no parecía que les ocurriera lo mismo y comprendió
pronto que de esas cosas era mejor no hablar con ellos; sabía y aceptaba en silencio, como algo natural,
que en casa sus deseos e inquietudes quedaban fuera de la lista de asuntos a resolver.
El día que Manuel ahorró las últimas tres pesetas llevó a las clases de la tarde su tesoro: setenta y ocho
monedas de una peseta guardadas en una bolsa en el fondo de su mochila. Al salir del instituto, a las seis
de la tarde, empezaba a anochecer. Corrió hasta llegar a la librería Virgen de los Reyes y puso sobre el
mostrador las monedas en montoncitos.
—Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas —dijo, y señaló con el brazo hacia el escaparate. El librero sonrió
sorprendido por esa insólita determinación en un niño de apenas doce años y por aquella colección de
monedas de peseta.
Al salir de la librería puso de nuevo la mochila sobre su cabeza y, con el ansiado botín en la mano,
comenzó a caminar erguido y deprisa hacia su casa. Quería llegar cuanto antes y empezar a leer.
Al llegar al taller de pintura paró lo justo para mirar el cuadro y enseñarle con orgullo el libro al pintor.
—¿Lo has comprado con tus ahorros? —preguntó Pedro. Manuel le contó su ayuno durante veintiséis
días.
—¿Por qué es tan importante, Manuelillo?, ¿merece tanto esfuerzo? —preguntó el pintor hojeándolo.
—¡Sandokán es el Tigre de Malasia, el mejor pirata! Le han quitado su isla y su familia y va a luchar para
recuperarlo todo. ¡Tengo que saber cómo lo consigue! —contestó con ímpetu.
—¿Me irás contando, no? —pidió Pedro, sorprendido por la respuesta de Manuel y por la pasión con la
que hablaba.
—Vale… ¡Pero pinte el ciervo ya! —gritó Manuel mientras se alejaba.
Cuando llegó a su edificio ya era de noche. No quiso perder el tiempo con desafíos inútiles y comenzó a
subir a su casa por la escalera. Había subido solo unos escalones cuando oyó a Francisco.
—Chist, chist, chist…
Giró desconcertado la vista hacia el portero y vio cómo le señaló con la cabeza hacia el ascensor. Manuel
se paró sin entender. Sin abrir la boca, aquel hombre al que tenía por una estatua de piedra volvió a
indicarle por señas que subiera por el ascensor. Al mediodía se lo había impedido y se preguntó qué sería
lo que habría cambiado en apenas unas horas. “¿Será por Sandokán?” fantaseó con el libro en sus manos.
Le asustó oír hablar a Francisco por primera vez.
—Un niño no debería pasar por esas —dijo entre dientes, con la cabeza gacha y la vista fija en el
periódico. Sin comprender qué había querido decir entró al ascensor y subió a su casa.
Al tocar el timbre no sonó. Pulsó varias veces pero no se oía nada. “Se habrá roto”, pensó. Llamó con los
nudillos y unos segundos después su madre abrió la puerta. Entonces supo lo que había cambiado de la
mañana a la noche: la casa estaba totalmente a oscuras.
—Mamá, ¿qué pasa, otra vez no hay luz, mamá?
Oyó a su madre repetir cosas oídas ya en otras ocasiones, palabras que no entendió demasiado sobre
recibos de luz sin pagar, de su padre, acerca de un dinero esperado, sobre el día siguiente. Esa noche
Manuel, sus seis hermanos y su madre cenaron a la luz de una vela sacada del cajón de los rescates.
Después, sobreponiéndose a su propia desolación, la madre transformó otra vez una noche de tinieblas en
un escenario de juegos y la casa se llenó de gritos alegres y nerviosos, de carreras y pillados, de susurros
de complicidad y risas infantiles. Los niños jugaron hasta que cayeron rendidos.
Ya en su cama Manuel pensaba en su libro. “¡Tanto tiempo esperando y ahora… !” se dijo. Ahora, a tan
solo un clic del interruptor de la pared, cuando solo tenía que abrir aquellas páginas para sumergirse en
ese mundo que le fascinaba, Manuel no tenía luz para leer.
En su cabeza se mezclaron las imágenes de piratas malayos, barcazas y chalupas, brahmanes y ríos
sagrados, tigres y selvas, territorios lejanos donde solo los hombres más valientes sobrevivían a los
peligros y las adversidades, con las de su mirada esquivando la de su madre durante la cena y rehuyendo
su cercanía en los juegos, con sus deseos de gritar con todas sus fuerzas, de golpear las paredes con los
puños, de tirarlo todo por los suelos, de salir corriendo a no sabía dónde, “quizá a casa de un amigo que
tenga luz para leer”, pensó. Se sentó en su cama y con Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas cogido en sus
manos, lloró de impotencia en silencio.
Su llanto y sus pensamientos quedaron de pronto acallados por una respiración desconocida. Se asustó,
retrocedió en la cama y buscó el amparo de la pared en su espalda. Inmóvil y con el libro a modo de
parapeto, la respiración contenida y el corazón latiendo delator, escuchó atento los sonidos y miró más
allá de la tiniebla. Oía una exhalación animal, salvaje, repetida en una cadencia, como un rugido
contenido; sintió un sigilo caliente a su alrededor; olió el hedor húmedo de la bestia que merodeaba a su
presa inminente; descubrió sobre unos ojos amarillos y reflectantes dos pupilas dilatadas.
—Soy el tigre de Malasia —le pareció escuchar en un rugido hondo que no supo si era real o provenía de
su imaginación —. Devoro hombres… ¡y he venido a devoraros!
Paralizado y mudo escrutó las sombras con sus ojos bien abiertos, queriendo ahuyentar el miedo y la
oscuridad. Permaneció en vela mucho tiempo, hasta que la madrugada y el agotamiento le cerraron los
ojos.
Manuel comprobó pronto que la bestia le acecharía desde esa noche muchas otras. Los días de luz cortada
por falta de pago, o en los que la comida era escasa; cuando acompañaba a su madre a comprar fiado; tras
las discusiones de sus padres escuchadas a través de sus oídos tapados; cuando la desolación enrojecía el
rostro de su madre y vidriaba sus ojos… sabía que el tigre aparecería en la oscuridad de su cuarto y
exhalaría su rugido amenazante:
—Soy el tigre de Malasia, devoro hombres… ¡y he venido a devoraros!…
Cada una de esas noches decidía, como ya había aprendido, que al día siguiente no contaría nada a sus
amigos y compañeros sobre la oscuridad, ni sobre el hambre o los traslados de casa urgentes, ni de los
gritos o la ausencia. Y tampoco de la fiera.
El alba le abría los ojos y en cada amanecer, sobre el cansancio y la tristeza, surgía en ellos el brillo de
una avidez invencible, se dibujaba en sus labios una obstinación invencible y crecía en sus piernas una
fuerza invencible. No se dejaría vencer.
Manuel comenzó a correr al salir del instituto al mediodía, con su mochila bajo el brazo, veloz como
nunca antes.
Al pasar por la puerta de la librería veía el espacio, ahora vacío, donde había estado su libro y sin parar de
correr, gritaba:
—¡Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas!
Al pasar por el taller del pintor veía cómo Pedro todavía pintaba los bosques y las montañas, y sin parar
de correr, gritaba:
—¡Quiero que pinte ya el ciervo!
Al entrar en su portal veía a Francisco, vigilante en su garita, y sin parar de correr entraba al ascensor y
subía al cuarto piso.
Y en su casa, encerrado en su habitación, leía su libro con una pasión incontenible.
El día que leyó la última página de Sandokán Emilio Salgari 78 pesetas, Manuel se dijo a sí mismo:
—¡Sandokán, Sandokán es el único Tigre de Malasia! Y tú —añadió lanzando un desafío a ese otro tigre
que le acechaba algunas noches —, ¡tú eres un vulgar tigre de la selva!
Retomó su normalidad y esa tarde, al llegar con su mochila sobre la cabeza a la puerta del pintor, vio que
ya había pintado el ciervo en lo alto de una colina. Pedro le dijo satisfecho:
—¿Ves, Manuel? ¡Ya está pintado tu cervatillo! —exclamó.
El niño observó el cuadro mientras se colgaba la mochila al hombro.
—¡Pero si casi no tiene cuernos! —dijo decepcionado.
—Claro, Manuel, es un ciervo muy joven, le empiezan a salir ahora.
—¿Y cómo va a defenderse con esos cuernos tan pequeños? — objetó.
—¿Defenderse? —Pedro le miró extrañado.
—¿Y si se lo quiere comer el tigre? —volvió a preguntar.
—¿El tigre? —repitió el pintor sorprendido.
—Sí, el tigre —recalcó el niño.
—¡Pero Manuelillo, si en ese bosque no hay tigres!, los tigres están en Asia o en África, ¡qué sé yo!, pero
no ahí. ¿Qué es eso del tigre?
—El tigre está en todos los sitios. Seguro que está escondido entre los árboles —afirmó al tiempo que
miraba a Pedro y señalaba el cuadro con su mano.
Pedro dejó de trabajar, escrutó con sus ojos de pintor a Manuel y percibió la tristeza de su rostro. Cogió un
pincel y se lo ofreció.
—¿Te atreves a pintar? —le preguntó.
Desde ese día Pedro y Manuel pintaban juntos cada tarde y el niño le hablaba de las aventuras de
Sandokán, de las apariciones del tigre, de las noches sin luz, de los desahucios, los gritos, las ausencias.
—Sandokán vive en una isla que se llama Mompracem —dijo una tarde mientras pintaba.
—¡Quillo!, ¿por qué a los piratas les gustarán tanto las islas? —preguntó Pedro —. Porque me dijiste que
Sandokán es un pirata, ¿no, Manuel?
—¡Claro, es el jefe de los piratas! —exclamó —. Creo que es porque necesitan una isla para esconder el
barco y para refugiarse de sus enemigos. Allí están a salvo de los peligros y no tienen que estar siempre
huyendo. A Sandokán le fastidiaría mucho tener que ir a vivir a otro sitio que no fuese su isla.
—¡La guarida del pirata, claro! —exclamó Pedro entre risas y mostrando con gestos su conformidad con
la explicación. Ambos siguieron pintando en silencio y al rato Manuel habló de nuevo.
—En la selva, cuando aparece el tigre por la noche, todos los pájaros y los otros animales se callan y se
quedan muy quietos para no hacer ruido.
—¿Y para qué hacen eso, Manuelillo? —preguntó el pintor sin dejar de trabajar.
—¿Para qué va a ser? Para que el tigre no los encuentre —contestó Manuel extrañado de que el pintor no
supiera algo tan fácil de entender.
—¿Y cómo saben los animales que hay un tigre cerca?, por los rugidos, ¿no? Porque si es de noche no…
—Lo huelen. Los tigres huelen que apestan —interrumpió —. Y son muy silenciosos, solo rugen cuando
van a atacar.
—¿Y tú cómo sabes eso, quillo?
Manuel dudó unos segundos.
—Yo también huelo al tigre antes de que se me aparezca.
—¡Manuel! —gritó el pintor sin poder contenerse y dejando de pintar. Miró al niño durante un rato
intentando comprender.
—¿Y en ese momento tú qué haces? —preguntó.
Manuel puso el pincel en el caballete y se limpió la pintura de las manos con un paño.
—Yo también me quedo callado y quieto en la cama para que no me encuentre —dijo al tiempo que cogía
la mochila.
Pedro lo miró con un gesto de aprobación. Antes de reanudar el camino hacia su casa, Manuel añadió:
—Pero Sandokán dice que los tigres huelen el miedo de sus presas.
Mientras pintaba de nuevo junto a Pedro, días después, el niño le hizo una petición.
—¿Podríamos hacer el cuadro de otra forma?
—¿Cómo de otra forma? —inquirió Pedro intrigado.
—¿Podríamos pintar el ciervo en la isla del lago?
—¿Y eso para qué?
—Para que no se lo pueda comer el tigre, en la isla estaría a salvo —argumentó.
Pedro cogió a Manuel de los hombros y se agachó hasta que sus ojos quedaron a la altura del niño.
—Manuelillo —preguntó —. ¿Ese tigre que se puede comer al cervatillo es el mismo que se te aparece
rugiendo por las noches en tu habitación?
El niño afirmó con gestos. Pedro también asintió, percibiendo y sintiendo el temor y la indefensión de
Manuel.
—¿A ti te gustaría vivir en la isla? —preguntó el pintor, pensando en lo que le había dicho.
Manuel no supo qué decir y se encogió de hombros.
—Manuel —dijo al poco — el ciervo es un animal salvaje y está destinado a ser libre. Su libertad le
obliga también a aprender cómo vivir y a defenderse de los peligros.
—¿Y qué puedo hacer? —preguntó.
—No sé, Manuel. ¿Qué hace Sandokán cuando se le aparece el tigre?
El niño volvió su mirada hacia Pedro. Un brillo espontáneo afloró en sus ojos y las palabras brotaron
impulsivas de sus labios.
—¿Sandokán? ¡Sandokán se enfrenta al tigre y acaba con él con sus propias manos! —gritó orgulloso y
desafiante levantando el puño al aire.
—¡Es lo que yo imaginaba! —asintió Pedro sonriendo.
El niño calló pensativo unos segundos.
—Pero Sandokán es grande y fuerte —objetó después.
—Tú también lo serás dentro de poco —añadió el pintor tras una pequeña pausa —. El tigre, Manuel,
quiere atemorizarte por lo que pueda pasarte a ti y a tu familia. Es normal que tengas miedo. Si yo
estuviera en tu lugar también lo tendría. Pero, ¿sabes?, cuando seas mayor el tigre te olerá y sabrá que ya
no le tendrás miedo. Y entonces desaparecerá para siempre.
Pedro hizo otra pausa, pensando cómo continuar.
—Vamos a hacer una cosa, Manuel —dijo después.
—¿Qué?
—Pintaremos el ciervo en la isla. Así, como tú quieres, estará a salvo, ¿te parece?
—¿Y vivirá ahí para siempre? —preguntó.
—¡Quillo, pues claro que no, Manuel!, ¿te gustaría a ti estar siempre solo? Cuando aprenda a valerse por
sí mismo, y le crezcan los cuernos y pueda defenderse de los peligros, entonces volverá a sus bosques
para estar con los otros ciervos de su manada.
Manuel asintió satisfecho y puso la mochila sobre su cabeza. Apenas comenzó a caminar el pintor le
llamó.
—¡Manuelillo! —gritó.
El niño se detuvo y volvió la cabeza.
—¿Sabes?, ¡a lo mejor en la isla encuentra a otros ciervos! — dijo sonriendo.
De vuelta a casa Manuel continuó poniendo sobre su cabeza la mochila que utilizaba en las clases del
instituto y caminando erguido sin sujetarla con las manos.
Al llegar a la librería Virgen de los Reyes pasaba de largo. Pero aquel viernes algo llamó su atención en el
escaparate. Detuvo sus pasos y acercó la cara al cristal. Vio dos nombres escritos en grandes letras rojas
sobre una tapa de cartulina de color blanco, y en el centro una ilustración de un hombre con barba,
sentado en una cabaña y escribiendo en un pergamino. Encima, un trocito de papel cuadrado ponía 66
pesetas. Manuel entró en la librería y señaló el libro.
—¿Puedo? —preguntó. El librero le dio permiso y Manuel lo ojeó y leyó la reseña de la contraportada.
Después lo puso en su sitio y salió de la librería. De nuevo en el escaparate, alargó su mano derecha y la
llevó al cristal, cerca del libro, como si quisiera acariciarlo, y permaneció de ese modo durante unos
segundos. Tras poner la mochila en su cabeza, punteó una cuenta con el pulgar en los dedos de su mano y
antes de comenzar a andar exclamó:
—¡Robinson Crusoe Daniel Defoe 66 pesetas!… ¡veintidós días!
